Nacido en agosto de 1912 al sur de Bahía, Brasil, Jorge Amado tuvo una vida repartida entre el éxito y la tristeza. Fervoroso militante, el polifacético autor de Doña Flor y sus dos maridos, sufrió en carne propia el destierro constante motorizado por su férrea militancia al Partido Comunista, al tiempo que forjó una obra que lo ubica como uno de los escritores más importantes de aquel país. Su vida y su obra fueron recordadas en la 37.ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en la voz de su hija, Paloma Amado.
“Mi padre solía empezar las conferencias diciendo que no era buen conferencista; prefería la informalidad”, comenzó para luego ingresar de lleno en el largo peregrinar del escritor, cuyo primer paso data de mediados de la década del ’20, cuando se fue de su Bahía natal a Río de Janeiro. “Ya tenía un manuscrito de su primera novela, El país del carnaval”, aseguró.
Casado con Matilde García Rosa en 1933, sus ideales políticos le valieron varias visitas a la cárcel. “Hay dos comportamientos posibles: aceptarlo como parte de las reglas de juego, casi como algo natural. O desesperarse. Felizmente nunca desesperé”, narró su hija citando un fragmento de la autobiografía del escritor. En 1937 se fue de Brasil y recorrió gran parte de América en un “viaje inolvidable que le aportó muchísimas cosas”, según afirmó Paloma. Volvió, pero debió nuevamente emigrar, en este caso a Argentina, al tiempo que sus libros fueron secuestrados o quemados.
La apertura democrática hizo que el Partido Comunista (PC) donde militaba Amado y su esposa se legalizara: no sólo pudo volver a su país, sino también publicar. Fue un suspiro. En 1948 otra vez el exilio, ahora a París, Francia, y otra vez el PC proscripto. Regresó en 1952, pero algo había cambiado. “Ansiaba volver a la escritura porque las historias se agolpaban en su cabeza, pero la actividad política no le daba tiempo. La literatura había pasado a un segundo plano ante la infinidad de congresos y charlas. Entonces dijo basta, que ya era suficiente, y volvió a su vieja pasión”, narró.
En 1958 publicó Gabriela, clavo y canela, base para el film homónimo de 1983 protagonizado por Sonia Braga y Marcello Mastroianni. “Gracias a los dólares imperialistas pude tener mi casa en Bahía”, citó con sorna la hija de Amado antes de recordar las visitas a la flamante morada de Roman Polanski, Quino, Vargas Llosa, Isabel Allende, Gabriel García Márquez y Sabato, entre otras figuras de la literatura y el cine.
El escritor falleció en 2001 con casi 89 años. Un lustro antes había empezado dos novelas que una incipiente deficiencia en las retinas no le dejaría terminar. “En 1998 quedó ciego. Fue su fin. Le decían que dicte pero no quería, tenía un método muy físico para escribir”, afirmó Paloma y concluyó: “Hoy mis padres están enterrados uno al lado del otro en un jardín donde se respira paz. Esa paz por la que tanto lucharon”.

Un comentario
Jorge Amado imprime su huella en todos los que alguna vez bebimos de ese manantial que es su obra. Se lee una y otra vez y siempre aflora algo nuevo, fresco, càlido y brillante que nos envuelve y transporta.